
Hay una fábula que habla de un pastorcillo que siempre le tomaba el pelo a los habitantes de su ranchería gritando ¡ahí viene el lobo, ahí viene el lobo!, provocando que todos salieran corriendo despavoridos.
Y el tan mentado cánido nunca llegaba.
Hasta qué un día, de pronto, ¡zaz!, se apareció de veras y se merendó a todas sus ovejas.
Así anda la clase política en San Caralampio.
¡Ahí viente Rafa, ahí viene Rafa!, es el grito tanto de simpatizantes, como de adversarios.
Y el misteroso Rafa nunca aparece.
Su nombre va de boca en boca, de pasillo en pasillo, de café en café.
Es el diablo para unos, el arcángel Gabriel para otros. Todos en la comarca saben que existe, pero, al menos en una reunión multitudinaria, nadie le ha visto.
Es un total misterio el personaje.
Por mientras se muestra en público, trae acalambrado a medio mundo.
Los adversarios atisban desde su atalaya para ver si logran divisarlo metros a la distancia para entrar ipso facto en la segunda fase del combate y, sus fans, rascándose de nervios la palma de la mano, le oran hasta a San Garabato para que ya no tarde en irrumpir en el campo de batalla.
Rumores van, rumores vienen. Que si ya renunció a su chamba. Que si está deshojando la margarita. Que si le están preparando una armadura estilo el Cid Campeador para que todo le resbale. Que si esto y que si lo otro.
El chiste es que el hermético personaje tiene hecho un manojo de nervios a nuestros “conspicuos” políticos -varios diputados entre ellos- que por mientras, en ese limbo espantoso en el que se encuentran, no cumplen a cabalidad con las funciones encomendadas.
¿Aparecerá el lobo? o, al final, ¿todo quedará en mera fábula?.






