CAFÉ DE ALTURA
Javier Chávez Ataxca
Quienes decidimos vivir en Chetumal, en la década de los 80, encontramos una capital segura por los cuatro costados. Era motivo de orgullo disfrutar esa condición apacible en el paraíso sureño de la fayuca, porque los adolescentes regresaban caminando de la Disco en la madrugada y los padres roncaban.
Ese Chetumal lo fuimos perdiendo año con año, en parte por la llegada de malvados procedentes de otros estados y por los formados de casa que van por el dinero fácil, a menudo metiéndose en el tráfico de drogas consumidas incluso por políticos y periodistas.
Tienen su tajada de culpa los políticos y encargados de la seguridad y procuración e impartición de justicia, pero el pueblo es el mayor responsable, por acción o por cruzarse de brazos.
Allá por 1989, una muchacha chetumaleña llamada Bertha mató a su sobrina para vengarse del cuñado y pagó su horrendo crimen en el Cereso.
El infanticidio conmocionó a Chetumal, porque nuestro pueblo estaba sano y era sensible y solidario. Casi todos nos conocíamos y dábamos santo y seña del vecino o tal familia.
Chetumal se ha habituado a la maldad; quizá sea resignación, pero por la magia de las redes sociales a menudo somos bombardeados por todo tipo de crímenes en Chetumal y cualquier punto de Quintana Roo, México y el planeta.
Mientras escribo habrá ocurrido un asesinato o “levantón” aquí o en Tulum, Playa del Carmen, Puerto Morelos o Cancún, incluso en la zona maya. Y qué decir de mi qué herido México.
Quintana Roo no era así de violento y mortífero, pero casi toda su gente se ha acostumbrado a la sangre arrebatada y a las tragedias. Vieran que no saber el paradero de un hijo, hija, sobrina o padre es una muerte por goteo, un estiletazo en el corazón.






