
Jesús Martínez Ross fue un personaje sin desperdicio alguno.
En donde te lo encontrarás, en un evento político o en la francachela, era el que dirigía magistralmente el “tráfico”, ya sea con un comentario serio, un chiste o simplemente con una sonora carcajada.
Fue de esos personajes únicos que solían atraer la atención hasta con un simple gesto.
No nació para pasar inadvertido.
No vino a este mundo para ser simple testigo de lo que sucedía a su alrededor, sino para estar en el centro del debate.
Nunca supo que era aquello de permanecer como espectador pasivo de lo que sucedía en su periferia.
Marcaba el rumbo.
Lo recuerdo muy soncarrón en innumerables ocasiones, divertido hasta no más otras veces y cuando era pertinente estar en modo formal, se colocaba el frac del buen verbo de tal manera que había que escucharlo atento porque sabía de lo que hablaba.
Marcaba la pauta en todo tipo de reuniones a la que asistía. Vi alguna vez responderle una pregunta incómoda a un reportero con un chascarrillo que hizo explotar la carcajada de medio mundo. En otras ocasiones -muy listo- se guardaba las palabras, palmeaba la espalda del comunicador y le cerraba un ojo con la dosis de complicidad debida.
Era un experto para tratar con los chicos de la prensa. Era un cúmulo de información que podías esculcarle a manos libres si empleabas la herramienta adecuada. Tantito buen humor, la mayoría de las veces era la clave para que, generoso, abriera la caja de Pandora. Siempre aclarando que tanta discrecionalidad llevaba encima ese mensaje.
En lo particular fue un placer coincidir con él en varias ocasiones. Tanto en modo formal como en modo distendido.
De él siempre salía una palabra o un gesto que por sí solo era capaz de adornar cuál cereza al pastel cualquier nota de color que se pudiera elaborarse a sus costillas.
Hoy, nobleza obliga, brindo por su vida, por su generosidad a la hora de aportar tanto tema para las crónicas y las caricaturas.
Le recordaré como lo que siempre fue: ¡un tipazo!.






