Una excepción a la regla


Si alguien fue ejemplo de funcionario público de trato exquisito y con buenos modales, ese fue Alberto Álvarez Torres.
“Es una chulada el trato de ese caballero”, le escuché decir alguna vez a una doñita que salía muy agradecida de su oficina en la entones Procuraduría Estatal de Justicia (era subprocurador de la dependencia o algo parecido).
Y vaya que lo era. Siempre cordial, siempre palmeándote la espalda, siempre tendiéndote la mano sin importar el “pedigrí” que trajeras a cuestas.
De él recibí la primera invitación para integrarme al grupo de “Los Piojos”, un sui géneri clan de “cicateros” que no pagan una cuenta jamás pero que en cuestión de amistad, son capaces de encuerarse del todo para darte la ropa que traen puesta.
Alberto privilegiaba la amistad y el buen trato por encima de cualquier cosa. El monero y texticulero lo tuvo en mucha estima.
Ayer circuló la noticia de que había emprendido el llamado viaje eterno y los recuerdos vinieron en tropel como suele suceder ante la desaparición física de un amigo.
Fueron muchos desayunos, incontables llamadas telefónicas, muchos, muchísimos: “¡Hermanito!, ¿cómo estás!”.
En fin, Alberto, siendo Alberto.
Lo duro, lo cruel de todo este tema, es que Alberto ya no está y, qué remedio, habrá que colgarle un crespón de luto en el ese sitio especial, en la galería de quienes dejaron huella porque fueron seres que por donde transitaron siempre desparramaron amabilidad y buen trato.
¡Buen viaje, Alberto!.
