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Instituto Quintanarroense de la Juventud (IQJ), herencia negativa de Carlos Joaquín

César Larrache

Nació el 17 de julio de 2017, concebido más como un pago de favores al sacrificio de Fernando Méndez Santiago por haberse prestado a simular una competencia interna contra Carlos Joaquín por la candidatura del PAN, que como una política pública real.

Esta dependencia es una de las tantas gangrenas que heredó el joaquinismo. Con un presupuesto asignado de 31.6 millones para este 2026, el Instituto hoy solo sirve para pagar nómina y la renta de un local que funciona como oficina, el cual, dicho sea de paso, parece más una bodega abandonada que el área de servicios generales de cualquier municipio.

De acciones reales o impacto alguno en las juventudes, mejor ni hablamos, simplemente no hay datos.

La atención a los jóvenes quintanarroenses daba mejores resultados cuando era una simple dirección de área en la extinta COJUDEQ que ahora como instituto independiente. Si no lo creen, pregúntenle a uno de sus últimos directores en esa etapa: Alejandro Alamilla Villanueva, actual director general del ICAT.                                                             

Al contrario, a lo largo de su historia el IQJ ha sido recordado más por sus constantes desaciertos y escándalos que por sus resultados. La lista es larga: desde el polémico viaje a Las Vegas y el uso de la famosa Jeep blanca, hasta acusaciones de desvío de recursos con empresas fantasma durante la gestión de Méndez Santiago.

A este historial de corrupción se le suman denuncias por encerrar a empleados para obligarlos a firmar renuncias, opacidad en el manejo del dinero público y recurrentes quejas por abuso de autoridad, bajo el mando de Alvarado Moo.

Al igual que Méndez Santiago, quien pasó de noche por el Instituto de la Juventud, la directora general Alma Alvarado Moo al parecer solo asiste a cobrar y a placearse en eventos partidistas. El puesto le fue otorgado por el único mérito de ser fundadora de Morena, tal como se anunció cuando fue presentada dentro del gabinete de la gobernadora Mara Lezama. El Instituto de la Juventud es un auténtico elefante blanco: una dependencia intrascendente, al igual que sus titulares. Lo más sensato sería que regresara a ser una dirección de área, lo que generaría un ahorro sustancial y muy necesario para las dolidas arcas del gobierno del Estado.

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