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Demonios sueltos

Al menos algo bueno salió dentro de todo el despapaye que se armó la semana pasada con la vuelta a la gubernatura de Sinaloa y posterior reculada de ese engendro llamado Rubén Rocha Moya.

Algo se rompió en mil pedazos ese tan sonado y a la vez tan bochornoso caso.

La mayoría de los expertos coincide en que la máxima autoridad en el país por fin se decidió a sacudirse de cierta lacra que le estorbaba para cumplir con la alta función pública que le ha sido encomendada.

De ser así, felicidades, ya era hora. Se había tardado incluso.

Todas las calamidades que se le han venido encima ha sido por cargar con ese pesado lastre que significa lidiar con la sombra del actual inquilino de “La Chingada”.

Los intereses que se mueven a ese nivel son descomunales.

Para empezar, ha de ser complicado  tener que lidiar todos los días con los problemas generados principalmente por esos juniors exquisitos a quienes nunca les entró en la cabeza ese choro de que es posible vivir tan solo con 200 pesos en la cartera.

Luego, ¡puf!, vienen los problemas generados un día sí y el otro también por los “servidores públicos” del 90 por ciento de lealtad y el 10 por ciento de eficiencia, que, de pronto descubrieron que rascarle al presupuesto era más atractivo (y productivo) que andar haciéndole al tío Lolo con cosas sobre las que no saben ni pío.

Así, cargando con la negligencia de otros, cualquiera explota mandando al diablo todo en el momento menos esperado.

Ojalá que haya mucho de cierto en eso de que por fin la Presidenta se decidió a sacudir el árbol para que caiga todo lo podrido

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